viernes, 23 de junio de 2006

Canto noctámbulo

En el reino de la oscuridad, donde dominan las tinieblas, donde la luz es una utopía y la visión una capacidad inútil, un grito estremecedor rasgó el silencio. Fue un grito creciente y continuado, indicio de un dolor que erizaba los cabellos, que se clavaba que en los tuétanos del alma.
La población de diablos, vampiros, antípodas, seres marginales y para muchos sólo existentes en la febril imaginación de las mentes perturbadas, muestra evidente del mal y de todo aquello de lo que los hombres de bien deberían huir, levantó la vista, por un momento, de sus ocupaciones.
Allí, donde reinaban los aspectos más detestables de la existencia, donde la vida era una pesadilla y el tiempo una tortura, allí donde las leyes habían dejado de existir hacía mucho, se había cometido un crimen.
Cuando el grito cesó, la atmósfera quedó cargada de una extraña sensación, desconocida por aquellos lares, un atmósfera que, los que decían reconocerla, calificaban como la más horrible de todas.
El miedo.