Alicia siguió caminando hasta que llegó a un claro entre los inmensos árboles que flanqueaban el sendero. Allí encontró a la oruga, acomodada sobre una seta, ocupadísima en firmar, uno tras otro, lo que parecían ser informes importantísimos, a juzgar por el tesón y el esfuerzo con que se empeñaba en su trabajo.
- Hola -dijo Alicia.
- No hay tiempo para holas -contestó la oruga. Entonces, con la mano que le quedaba libre, y sin dejar de firmar sin descanso, aspiró profundamente de la pipa que, aunque Alicia hasta entonces no había advertido su presencia, se encontraba a su lado.
- Quiero crecer, ¿sabes? Estoy harta de medir veinte centímetros -dijo Alicia, como siempre inasequible al desaliento y acostumbrada a que los demás no le hicieran el menor caso.
- Crecer para qué, ¿para firmar informes? - le respondió la oruga mientras desprendía por su boca el humo opiáceo de la pipa.
- No, para ser mayor.
- Sigo sin saber para qué. No te hace falta. Mírame a mí, también mido veinte centímetros y no paro de firmar informes. No te preocupes, ya llegará tu momento.
- ¡Pero yo no quiero firmar esos estúpidos informes! -gritó Alicia, ligeramente irritada.
- Pues lo vas a hacer, quieras o no, así que más vale que lo vayas asumiendo.
Alicia se retiró, pensando qué tontas que eran las orugas, y qué inútiles sus ocupaciones. Se juró a sí misma que nunca firmaría informes, ni siquiera cuando sobrepasara los veinte centímetros, y continuó su camino.
Estaba feliz, era el día de su no cumpleaños...
martes, 20 de junio de 2006