Sería el insoportable calor, o los ruidos que subían desde la avenida próxima, o los funestos pensamientos que cruzaban su mente como relámpagos. En cualquier caso, conciliar el sueño parecía una misión de titanes. Volvió a comprobar la hora, incalculable ya el tiempo que llevaba allí, tumbado sobre la cama y cerrando los ojos en vano.
Decidió agarrarse a la sabiduría popular como tabla de salvación y comenzar a contar ovejitas. Pronto el aburrimiento podría con él y con su insurrecto insomnio.
Se incorporó ligeramente, lo suficiente para echar un vistazo a su habitación en penumbra. Ninguna ovejita que contar. Cero. Empezábamos bien. Repentinamente, percibió una junto a la ventana. Pacía con calma cadavérica. Quizá estuviera masticando la cortina, pero eso apenas importaba. Había que dormir. Una. La siguiente apareció detrás de la puerta. Dos. Otra debajo de la cama. Tres.
Encontró ovejas junto a la mesita de noche. Debajo de la almohada. Junto al tresillo. En el espejo del tocador. Bajo las sábanas, acurrucadas entre sus pies.
Tras contar la oveja que hacía el número mil quinientos, su grito de angustia se hubiera elevado al cielo con alas de Dédalo de no ser ahogado por la multitud de balidos que pululaban por la habitación entre un hedor insoportable a establo y a defecación ovina, una temperatura infernal de jersey de lana y una preocupante falta de aire por las respiraciones conjuntas de los mil quinientos y un organismos que se apilaban, carne sobre carne, casi envasados al vacío, en los escasos metros cúbicos del dormitorio.
Así sería auténticamente imposible dormir...
jueves, 29 de junio de 2006