Ya no me da tanto miedo, pero eso no significa que haya conseguido que se mude. Sigue viviendo allí, acurrucado entre las sábanas de invierno y las camisas que nunca me pongo. Debe de ser un monstruo de pocas palabras, o un auténtico maleducado, porque después de varios años de convivencia continúa sin saludarme, y tan sólo percibo su presencia, cada noche, con sus brillantes ojos a través de la ranura de la puerta que entreabre con sigilo...
Ni saluda, ni sale a devorarme, ni grita para asustarme, tan sólo me sigue, me observa y desaparece con el alba.
Ya no me da tanto miedo. Su presencia, no obstante, me provoca cierta impaciencia... Ya va siendo hora de visitarle y preguntarle cuál es su secreto...
lunes, 3 de julio de 2006