Cuando los funcionarios de la prisión abrieron la pesada puerta de metal y miraron en el interior de la celda, descubrieron que el preso ya no se encontraba allí. Se había dejado, sin embargo, su propio cadáver, en decúbito supino y con las manos cruzadas sobre el pecho.
Ante tales indicios, el jefe de personal de vigilancia de la prisión ni siquiera puso al prisionero en busca y captura. Nadie va a ningún lado sin su cuerpo. Un miembro de los servicios médicos certificó la muerte y, sin determinar si fue de forma natural o voluntaria, especificó su causa: el sujeto en cuestión había dejado de respirar y, por consiguiente, su cerebro y su corazón habían cesado en su funcionamiento.
Uno de los miembros del equipo de asistencia espiritual, en otro tiempos llamado sacerdote, al no encontrar espíritu al que asistir se limitó a oficiar con escasa pompa y máxima discreción las debidas honras fúnebres.
El alcaide, sin embargo, no lo veía tan claro. Tendría que preguntarle a alguno de los asistentes espirituales dónde se encontraba ahora el preso, pues era tan posible que hubiera encontrado, por fin, la ansiada libertad, como que se encontrara, y ahora de forma defintiva, más preso que nunca, en una suerte de insoportable cadena perpetua. Llegó a la conclusión de que estaba obligado a continuar, de la forma más discreta posible, las pertinentes pesquisas.
lunes, 12 de junio de 2006