miércoles, 26 de julio de 2006

Fotofobia y salvación

Debía de ser muy tarde. Tal vez demasiado. De un momento a otro rompería el día y entonces todo habría acabado. Lamentó haberse entretenido, haberse dejado llevar por la confianza y los guiños que los demás le ofrecieron, haber entrado en su juego.
Ellos podían soportar la luz.
Ellos eran vulgares como motas de polvo.
Sería necesario correr. Los primeros rayos del sol no queman, pero iluminan, y con eso bastaría para obligarlo a retorcerse en su lecho durante días enteros. Era un asunto grave, y por lo tanto requería soluciones drásticas.
Busco un zaguán, un sótano, una alcantarilla, un ataúd, cualquier lugar serviría para esconderse, aunque la perspectiva de pasar quince horas encerrado no era nada halagüeña.
Pagaría su error, de eso estaba seguro. Nunca, nunca, volvería a transitar los senderos construidos por otros. Jamás volvería a fiarse de nadie.
Pensó que su derrota más digna sería la entrega voluntaria. Se olvidó de buscar y quedó parado en medio de la calle, observó la salida del sol, comprobó que no era tan bella como todos decían y se dispuso a autoinmolarse como víctima de un sacrificio que podría haberse evitado.