lunes, 24 de julio de 2006

Zzzzz

Sería el calor, o la música estridente, o las ganas de fiesta que se consumen como el fuego en una cerilla, pero el caso es que llegó tan cansado que se tumbó en el sofá y se quedó dormido sin apenas tiempo para quitarse los zapatos.
Durmió durante nueve días y nueve noches, y al despertar comprobó que el mundo que le rodeaba había cambiado por completo. El aire había dejado de ser transparente para convertirse en un gas de un azulado indefinible, lo que provocaba un cambio en el color general de los objetos, una tendencia a teñir la realidad como si se observara a través de un trozo de papel de celofán. Este aire azulado formaba ondas juguetonas que retozaban flotando en el vacío sin orden, sin concierto, sin ser capaces de detenerse un sólo instante, lo que dotaba al salón de un siniestro aspecto de fragilidad y a los objetos de unos contornos difuminados que hacía, por momentos, difícil reconocerlos.
Hubiera jurado que ni siquiera estaba en su salón, ni siquiera tendido en su sofá.
A lo lejos pudo percibir una melodía insoportablemente aguda que amenazaba con reventarle los tímpanos.
Trató de incorporarse, pero ese nuevo aire azul era tan pesado que apenas logró levantar el brazo izquierdo un palmo sobre su punto de apoyo.
Ante semejante situación, se decidió a seguir durmiendo. Nueve días con sus nueve noches sumaban doscientas dieciséis horas, tiempo más que suficiente para estar descansado. Pero las duermevelas matinales son un privilegio tan placentero que no iba a eliminarlas por un quítame allá ese mundo...