domingo, 6 de agosto de 2006

Citius, altius, fortius

El afán de superación de la raza humana parece no tener límites. Pasarán miles de años y seguirá siendo un honor ostentar un record determinado, ya sea el de los cien metros lisos, el de horas de sueño consecutivas sin mover ni un solo miembro, o el de la creación de la paella más grande de la historia.
Batir un record es un motivo de orgullo para una persona, y de admiración para las demás. Y esto es así sencillamente porque todos hemos querido que así sea, porque si a nadie le importara cuántos metros cuadrados tenía la paella más grande del mundo el dato sería insignificante en sí mismo, absurdo, e incluso irrisorio.
¿Somos mejores que los habitantes del mundo de hace mil años? ¿Realmente sirven las marcas para afirmar que les hemos superado? Tiendo a pensar que los atletas del siglo pasado eran tan buenos como los de ahora, sólo que las marcas a batir eran menores, y el hombre corre tras ellas como un burro tras una zanahoria.
La motivación y el afán de superación son, en consecuencia, relativos.
La moral y la dignidad también.
Deberíamos poner tanto empeño en alcanzar las segundas como hacemos con las primeras.
En general, el afán de superación del hombre llega a límites tan absurdos como su afán de supervivencia.