jueves, 3 de agosto de 2006

No me gusta lo que veo

Y no importa hacia dónde dirija mi mirada. Como no me gusta lo que veo, he decidido arrancarme los ojos.
Ahí están, sobre la mesa, los imagino como dos canicas, pulidas y brillantes, y jugaría una partida con ellas si no fuera porque he renunciado voluntariamente al don de la vista.
No es este, no obstante, mi mayor problema, pues mis ojos, ahora que se han liberado de mí, se comportan como dos entes independientes, ajenos a su dueño legítimo, y ruedan por la habitación de forma alocada, incontrolables, entregados a una danza infernal cuyo sentido último no puedo llegar a comprender.
Se abalanzan sobre mí y me golpean las carnes. Que te golpee uno de tus ojos debe producir un dolor similar al que producen las lapidaciones, o peor, pues te golpea una parte de ti. Algo así como si la primera piedra la lanzase tu propio hijo.
No es que me arrepienta de habérmelos arrancado, no. Ahora ya no veo. Aunque tengo que reconocer que, entre tantos golpes, arañazos y agresiones en general, puedo afirmar sin faltar a la verdad que no me gusta lo que siento, en absoluto.
Acabé con el sentido de la vista, y ahora necesito acabar con el del tacto. Me arrancaría la piel a tiras, tampoco sería tan difícil.
Sólo temo que también mi piel, una vez liberada, se lance contra mí...