El globo terráqueo no paraba de girar sobre su eje, como una peonza multicolor, impulsado por la mano que le había dado vida y observado por sus ojos con desmedido interés. No era la primera vez que decidía de esta forma la suerte de las vacaciones. Era bello, poético, una mezcla de aventura y desvarío que causaba una profunda excitación. Agarrar el globo, hacerlo girar como una ruleta y determinar, poniendo un dedo sobre su superficie a escala de la vida real y deteniendo el movimiento, el lugar donde transcurrirían sus próximos siete días.
Porque sí.
Porque no hay lugares inaccesibles, sólo personas incapaces.
Así había disfrutado el año anterior de las playas de Java, y el anterior de las selvas de El Salvador. ¿Qué punto tocaría este año con su índice selector? Pensaba en Chipre, en Tailandia, en Bolivia.
Cerró los ojos y contó hasta tres. El globo había detenido su camino, deteniendo con él el tiempo y las órbitas de los astros, y el dedo marcaba el lugar elegido como base del nuevo comienzo. Abrió los ojos y un surco de gris incertidumbre cruzó su rostro. Un punto indeterminado del Océano Glacial Ártico, a no menos de mil kilómetros de cualquier superficie terrestre.
Ese año tendría que recoger su traje de buzo, soportar la inmersión a temperaturas bajo cero y, si era posible, aprender a respirar bajo el agua. Una semana era demasiado tiempo para mantenerse flotando.
Tal vez pasara un buque ballenero.
Tal vez debería ir comprándose unas branquias...
martes, 15 de agosto de 2006