viernes, 1 de septiembre de 2006

Del sueño eterno a la decadencia irreversible

Siempre intenté aprender a dormir boca arriba, en la atractiva posición de decúbito supino, y no porque favorezca el descanso de las cervicales, ni porque sea beneficiosa para la respiración, ni porque sea la posición más natural en el ser humano, que lo es, sino para sentirme, al menos durante el sueño, un Nosferatu.
Eternamente joven, el no muerto descansa durante el día en su bonito ataúd perfectamente acolchado mientras cruza las manos sobre el pecho y espera, con la paciencia que proporciona la vida eterna, que el día se extinga o, si la mala suerte llama a su puerta, que una estaca sujetada por el cazavampiros de turno se clave en el lugar en el que debiera hallarse su corazón.
¡Ah, qué vida descansada la del vampiro ilustrado! Noctambulismo, hematofagia, cervicales perfectas, paz interior, ¿y todavía hay quien se pregunta cómo alcanzar la felicidad?
En cuanto consiga dormir mirando al techo, me compro un ataúd y me vampirizo, sólo así me olvidaré del decadente ser humano, del paso del tiempo y de las crisis de personalidad. Las crisis no pueden ser eternas, por definición, una crisis es un período de depresión entre dos períodos de estabilidad, sobre todo no pueden ser eternas si el eterno eres tú...