lunes, 4 de septiembre de 2006

Después

La tormenta amainó. Después de larguísimas horas, de días interminables, de semanas apocalípticas, las nubes permitieron comprobar a los hombres que habían perdido la fe que, en efecto, el cielo, tras ellas, seguía siendo azul.
El tipo, entonces, abandonó su refugio. Había luchado contra mares de lluvia, se había sostenido frente a los más enfurecidos soplos de Eolo, había esquivado montañas enteras que las inclemencias arrojaban contra él, hasta que encontró aquel pequeño agujero practicado por las mismas fuerzas que pretendían derribarlo, y allí se tumbó, y se quedó dormido.
Ahora oía el canto de los pájaros, y se preguntó cómo estos había podido sobrevivir a semejante muestra de destrucción. Quizá los pájaros estaban en su cabeza, habían anidado allí para protegerse, como él en su agujero, y allí seguirían, tan a gusto.
A su alrededor el paisaje era tan desolador que el tipo decidió que él también, como los pájaros de su cabeza, permanecería en su agujero, para qué cambiar si el lugar es agradable, y esperaría allí la llegada de la próxima tormenta.