jueves, 14 de septiembre de 2006

El inmortal

Pocas veces en su vida tiene uno la posibilidad de cruzarse con un inmortal. En esos casos, por escasos y por fructíferos, conviene, sin duda alguna, entablar conversación:
"...en efecto, presencié la desaparición de Pompeya, cómo olvidarlo, pero ya antes había contemplado las llamas sobre la ciudad de Troya, la destrucción de los palacios de Nanjing, las lágrimas de Nimrod, las cenizas de los incalculables volúmenes de la biblioteca de Alejandría. Más tarde tendría que contemplar el hundimiento de Tenochtitlán, la peste sobre París, el asedio en Leningrado, he mirado tantas veces el rostro de la muerte reflejado en los demás..."
Quedé impresionado por el relato de su vida. Le pregunté adónde se dirigía, qué deseaba de la vida alguien que ya había recibido tanto.
"...de la vida, poca cosa, sólo espero que la muerte se atreva, de una vez por todas, a llevarme consigo".
Se perdió entre la gente. Tras haber cruzado estas palabras con él, le admiré más que nunca.