Me empieza a preocupar un problema que atrajo a los pensadores durante siglos y que el mundo había olvidado en estos últimos años. El de la finitud de la literatura y de la música.
Piensen qué es una lengua, si quieren basándose en definiciones al estilo de Saussure: una lengua es un sistema de combinaciones y conmutación de sonidos cargados de significado. Genial. El problema es que estos sonidos, como los signos a través de los cuales se simbolizan, son finitos. Veinte, treinta en las lenguas de escritura alfabética, quizás más en las de escritura figurativa. Qué más da. El caso es que un número finito de elementos mostrará un número igualmente finito de combinaciones. De modo que llegará un día en el que todas las combinaciones posibles ya habrán sido utilizadas, de modo que todo lo que podría ser dicho en una lengua ya habrá sido dicho, y acabarán, pues, la originalidad y la posibilidad de creación.
Algo parecido ocurre con la música, sucesión de sonidos, ordenados en tonos y notas, elementos finitos. Se yergue, pues, como una profecía, el siguiente pensamiento: "Llegará el día en el que todas las combinaciones armónicas de sonidos, toda la música, ya habrá sido inventada".
¿Cuándo llegará ese día? ¿Habrá llegado ya? Observando que la gente cada vez dice menos cosas interesantes y originales y que la música cada vez es más pobre y parecida a sí misma, uno tiende a pensar que sí...
lunes, 21 de enero de 2008