miércoles, 9 de enero de 2008

La ciudad que tosía

La ciudad tosía sin parar. Todos sus habitantes, desde el anciano que se sentaba cada mañana en el banco del parque hasta el ermitaño que habitaba al otro lado de la colina, se retorcían cada pocos segundos en toses compulsivas en una sinfonía discordante que amenazaba con sepultar la ciudad bajo una nube de vaho tóxico, de virus contagioso.
Pero es imposible volver a contagiar a un contagiado.
Esto pasará pronto, decían los más optimistas, ya pasó algo así hace 60 años, decían los más viejos del lugar, y tan solo el farmacéutico de la ciudad se retorcía las manos pensando en su propio beneficio. Y después tosía, él también.
Pero ni antibióticos, ni anticatarrales. Varias generaciones después ya nadie recordaba que en esa ciudad, que se había convertido en la ciudad de la tos, a la que acudían científicos y curiosos de todas partes del mundo para estudiar tan singular fenómeno, en esa ciudad donde todos, desde el nacimiento a los últimos estertores de la muerte, tosían sin parar, en esa ciudad hubo una época en la que la tos no era más que una alteración pasajera de la salud...