lunes, 19 de mayo de 2008

El toque de la muerte

Ayer la muerte se me acercó por la espalda. Me tocó en el hombro, con su dedo huesudo. Yo me giré y entonces la vi, su rostro cadavérico vuelto hacia mí con una mueca entre la sonrisa grotesca y el asco.
Yo sí que le sonreí. Le sonreí de verdad, francamente, como quien se reencuentra con un amigo largo tiempo buscado. Pensé que me agarraría del cuello, me arrastraría y me llevaría a sus dominios, allí donde no existe el tiempo ni el dolor, donde ella dicta las leyes con soberana cordura.
Pero no fue así. No me agarró, y su figura liviana se fue alejando y desvaneciéndose poco a poco, hasta desaparecer de mi vista.
Y yo me quedé sólo. Sólo y vivo. Como quien acabara de perder a un amigo y tuviera que iniciar cuanto antes su búsqueda incesante...