Una vez asumido que cualquier plan que elabores, ya sea a corto o a largo plazo, ya sea más o menos complejo, ya sean más o menos las posibilidades apriorísticas que tenga de llegar a buen término, acaba por salir al revés de como había sido previsto o, lo que es lo mismo, acaba por salir mal, es necesario concluir que, si merece la pena dedicar esfuerzos mentales y físicos a su realización es, simplemente, por la ilusión de hacerlo, esto es, porque el ser humano no sólo vive de las cosas que hace de facto, sino también de las cosas que imagina hacer y que, en definitiva, suelen ser más en cantidad y mayores en importancia, aunque se perciban positivamente imposibles.
Uno llega a preguntarse si podría vivir, como conclusión, sin imaginar ser alguien que no es, alguien que emprende proyectos que él nunca emprendería.
lunes, 5 de mayo de 2008