domingo, 27 de diciembre de 2015

Bajo toneladas de piedra

     El faraón fue enterrado bajo una mole inmensa, conmovedora, bajo toneladas de piedra. Pasó los primeros días pensando que vendrían a rescatarlo, que lo devolverían a la superficie y que volvería a gobernar sus posesiones como lo que era, miembro de una estirpe divina.
     Llegó el momento, no obstante, en el que comprendió que nadie vendría a recogerlo. El mundo se había olvidado de él, y solo quedaría el monstruo de piedra, la enorme construcción que lo sepultaba, como recuerdo de su paso por la tierra.
     Afortunadamente, le habían dejado comida de sobra. También alguna entrada de aire, pues notaba corrientes que le rozaban la piel y el oxígeno nunca escaseaba. Si le habían dado por muerto y le habían preparado su camino al otro mundo, lo habían hecho bien.
     Pero él era el faraón, y estaba vivo, así que se dedicó a hacer lo que mejor sabía hacer, aquello para lo que había venido al mundo: gobernar.
     Comenzó rigiendo los destinos de su ajuar, inspeccionando sus dominios, perdiéndose por los recovecos de la gran masa de piedra. Gobernó con sabiduría a los insectos y a las alimañas que se colaban por las rendijas, dominó las corrientes de aire, se hizo señor de las arañas.
     Y fue, hasta su muerte, el más sabio y el más discreto de los faraones. Aunque no llegara a ver la luz del sol...