miércoles, 6 de enero de 2016

La profecía

     El profeta tomó aire y dirigió su mirada al cielo. Decenas de seguidores se agolpaban a su alrededor y, extasiados, esperaban oír sus palabras.
     Era un día gris, plomizo. Aquella mañana había llovido y era probable que volviera a hacerlo antes de que cayera la noche. No importaba. Todos rodeaban al profeta, sabedores de que, si él había salido, sus razones tendría, y de que más allá de esas nubes brillaba el sol y la divinidad transmitía sus mensajes.
     Cada palabra que el profeta dijera iba a ser recogida, guardada, memorizada, repetida y analizada hasta la saciedad y la infinidad de los tiempos. Su fama de infalibilidad y su prestigio ganado a pulso durante años así lo hacían pensar.
     De repente, el profeta de sacudió y puso los ojos en blanco. Todos los presentes contuvieron la respiración.
     - Esta noche... -dijo el profeta con una voz cavernosa surgida de lo más profundo de sus entrañas.
     - Esta noche... ha dicho esta noche... -se susurraron sus seguidores unos a otros.
     - Esta noche... pues... esta noche... -continuó el profeta.
     La tensión y la espera eran insoportables. La angustia y el miedo a las revelaciones provocó los primeros desmayos.
     - Esta noche...
     El profeta miró de reojo a su auditorio. Todos los ojos estaban puestos en él. Trató de concentrarse.
     - Esta noche... eh... sucederá algo terrible...
     Entonces estallaron los gritos.
     - Algo terrible, ha dicho... sucederá algo terrible...
     Y todos se llevaron las manos a la cabeza, y lamentaron su mala suerte, y hubo quien huyó despavorido a ocultarse de lo que fuera que iba a pasar esa noche. Algo terrible.
     Todos se fueron dispersando, presas del pánico. El profeta quedó solo, arrodillado, aparentemente exhausto. Pronto alguno de sus seguidores se apiadaría de él y le ofrecería una buena cena y cobijo para la noche. Resopló. Se dijo a sí mismo que estaba perdiendo facultades. Cuando era más joven las ideas llegaban a su cabeza como relámpagos. Ahora le costaba inventar hasta las predicciones más peregrinas.
     "Algo terrible...", se dijo, "vaya mierda de predicción".
     Afortunadamente, sabía que durante la noche ocurriría algo, allí o en otro lugar, algo que, con un poco de buena voluntad, podría ser calificado de terrible. Y sus seguidores tenían toda la buena voluntad del mundo.
     Tendría que ir pensando ya en lo que iba a decir al día siguiente. Después de tantos años de vivir del cuento, se le estaban agotando las ideas. Qué duro era eso de ser profeta...