Lanzó la botella al mar con la desesperanza de quien ya no cree en milagros. Había perdido la noción del tiempo pasado en aquella isla desierta. Meses, años. A los veranos les habían sucedido los inviernos; a estos, otros veranos, en una rueda que parecía no detenerse nunca.
En la botella, un mensaje de auxilio. Un imposible. Al menos su conciencia quedaría tranquila, sabiendo que había hecho todo lo que había podido, hasta lo más absurdo. Aquella botella flotaría sobre las aguas, llevada por las corrientes, expuesta al sol y a las tormentas, y quizás en algún momento llegaría a alguna parte, y quizás alguien la encontrara, y la leyera, e hiciera algo para rescatar a aquel pobre desgraciado que había vivido en soledad desde que un desafortunado naufragio le había arrastrado a orillas perdidas y desiertas.
Tal vez, para cuando aquello ocurriera, él ya no estaría allí.
Pasaron semanas, meses probablemente. El náufrago había olvidado el asunto del mensaje, centrado en la ardua labor de sobrevivir día a día en circunstancias hostiles, cuando sobre la arena, suavemente mecida por las olas lánguidas de la marea baja, encontró su botella. Aquella que había lanzado tanto tiempo atrás.
Le pareció inconcebible que las corrientes que se la habían llevado hubieran decidido traerla. Se acercó a recorrerla, suponiendo que en ella encontraría su mensaje de auxilio, inerme, ignorado, inútil.
Vio, no obstante, algo que le hizo pensar que la botella había sido manipulada. Alrededor del cuello de vidrio había una nota, un pedazo de papel con ribetes azules y amarillos que él en principio no reconoció y que, con seguridad, no había puesto allí.
Cuando la desplegó, la nota se le hizo clara como el cielo que relumbraba sobre su cabeza. Lamentó su mala suerte.
Era de correos. Un aviso. Su botella había sido devuelta. En la nota, tan solo, unas palabras llenas de crueldad: "Causa de la devolución: dirección incompleta".
domingo, 20 de diciembre de 2015