Siempre había pensado que aquel que aparecía en el espejo, frente a él, era otra persona. Que no se trataba del simple reflejo de su imagen proyectada en la pulida superficie de cristal.
Pese a ello, aquel antiguo espejo, heredado en su familia de generación en generación, aquella pieza de coleccionista enmarcada en madera de roble canadiense, había permanecido en el vestíbulo de su casa durante años. Tal vez fuera por una especie de fidelidad a la memoria de sus antepasados, tal vez por miedo, tal vez por pereza, nunca se había decidido a deshacerse de él.
Por delante de aquel espejo habían pasado visitas, amigos y familiares, chicas que visitaban el apartamento de forma esporádica, otras que lo hicieron de forma más continuada, la mujer de la limpieza, algún que otro fontanero y electricista, y hasta el cartero, en más de una ocasión.
Todos se habían mirado en él. Nadie había observado nada extraño; o, al menos, nadie lo había comentado.
Él, sin embargo, seguía viendo a un extraño cada vez que buscaba su propio reflejo.
Comenzó saludando, apelándolo, preguntándole quién era y por qué estaba allí. El otro, desde el otro lado, parecía hacer lo mismo. Pero no era él.
Poco a poco se fueron cogiendo confianza. De vez en cuando le contaba sus problemas, cómo le había ido el día, qué perspectivas había para la noche. El otro le devolvía gestos simétricos. Pero no era él.
El contacto, al cabo, se tornó amistad. Comían juntos, veían la televisión juntos, dormían juntos. El espejo, y la persona que estaba dentro, se convirtieron en compañía inseparable. Llegó el momento en el que el recuerdo de un pasado lejano en el que llegó a pensar en deshacerse del espejo le parecía irreal, inconcebible.
Cuando, mientras bajaba la escalera con el espejo a hombros, este cayó y se rompió en mil pedazos, él lloró como solo lo hacen quienes han perdido a un ser muy, muy querido.
domingo, 13 de diciembre de 2015