Me costaba creer a mi amigo, a pesar de que lo tenía frente a mí, con el corazón acelerado y la respiración agitada, en un estado de frenesí que no terminaba de apagársele.
Me contó que había ido al supermercado y que había pasado por una auténtica odisea. Atascos, colas, inclemencias meteorológicas, una multitud de gente enfurecida, una marabunta de insectos, piratas y lobos de mar, un tornado, tres o cuatro dragones, una grieta en el suelo que llegaba hasta el averno, el dedo de un dios señalando a la humanidad con el dedo, zombies, monstruos, extraterrestres, viajes a la velocidad de la luz, viajes al pasado, viajes interdimensionales.
No sé en qué momento de su relato comencé a dudar de él. Parecía sincero, y nada hacía indicar que había llegado a mí con la intención de soltarse una sarta de mentiras. Me sentí culpable, traidor de su confianza.
Lo miré con gesto de incredulidad, no obstante. Creo que se apercibió de ello.
- ¿Y sabes qué es lo peor? -dijo, pretendiendo poner colofón a su peligrosa jornada.
Yo ya no sabía qué esperar.
- Que al final me he venido del súper sin comprar el azúcar.
Y parecía realmente afectado por ello.
martes, 12 de enero de 2016