domingo, 24 de enero de 2016

El horror

     Caminaba por calles superpobladas, por avenidas donde no cabía un alma, donde faltaba el aire y respirar se hacía insoportable, donde cada paso era un triunfo, una batalla digna de ser contada a las generaciones futuras.
     Los transeúntes, como cuerpos mecánicos, se movían a impulsos, guiados como un insecto por las luces y la estridencia de los sonidos. ¿Qué hacían? ¿A qué se dedicaban? ¿Qué les había impulsado a salir a todos al mismo tiempo? No lo sabía muy bien. Nunca llegó a saberlo, de hecho, pues cuando unos comenzaron a correr, otros los siguieron. Hubiera apostado a que la mayoría ni siquiera sabía por qué corría, adónde iba, si se acercaba a algo o, por el contrario, huía de ello.
     Pronto la colmena humana se agitó hasta rozar la locura colectiva. Todos se movían frenéticamente sin objetivo ni dirección. El ambiente se caldeó, el aire y el espacio empezaron a escasear. Él se preguntó por qué había salido de casa aquella mañana, y no pudo recordarlo.
     Cuando se dio cuenta, estaba corriendo junto a los demás, sin razón y contra su voluntad.
     Trató de detenerse, de rebelarse contra la histeria general, de ser la única mente lúcida en un mundo de locos. Enseguida se vio arrastrado, empujado, derribado, pisoteado.
     - ¡Ah, el horror, el horror! -fueron sus últimas palabras, antes de que los golpes recibidos y la asfixia le hicieran perder la conciencia. Oía, de fondo, tambores y sirenas...