Así que él hizo lo que hacían todos. Sonreír a la cámara invisible, tratar de decir en cada momento las palabras adecuadas. Saludar, de cuando en cuando, discretamente.
Pero un día decidió que la película era aburrida y, sin comentarlo con el director, al que por supuesto no conocía, decidió darle un giro al argumento. La clave estaba en ser el protagonista. Porque el protagonista no podía morir, porque si el protagonista moría se acababa la peli.
Así que Julián hizo todas las barbaridades que uno podía imaginar, llamó la atención, transgredió todas las reglas y escandalizó al mundo. Era su película, era su mundo.
En una de estas, Julián acabó en prisión. Entonces supo que, sin ninguna duda, había alcanzado el papel protagonista; que, con un poco de suerte, sería incluso nominado a los Oscar.
A partir de ahí, empezó a pensar que darle a su película un final trágico ayudaría a la consideración de la Academia.
Barajó varias opciones. Destruir el mundo, un suicidio escandalosamente público, una revelación divina, una serie de crímenes... y eligió esta última.
Cometió su primer asesinato, cometió el segundo, cometió el tercero. Era el protagonista de un thriller, era malvado y era divertido.
Su octavo asesinato fue especialmente laborioso. Asesinó a un tipo raro al que vio un día paseando por la calle y al que siguió durante semanas. Entro en su casa, le soltó un discurso y le pegó un tiro. Entonces pasó algo extraño. Del cielo empezaron a caer letras, palabras que se arrastraban como en cascada y se perdían bajo el suelo.
Julián comprendió, en ese momento, que había vivido en un error, que su vida era una mentira, Que el protagonista era el otro, que acababa de matarlo y que, por consiguiente, los créditos comenzaban a aparecer.
La película había terminado.
sábado, 13 de febrero de 2016