sábado, 5 de marzo de 2016

Las ruinas de lo que fue

     El emperador derrotado se sentó sobre una de las piedras que conformaron su palacio, la construcción más grande jamás creada por el hombre. Ya no era un palacio. Un puñado de piedras yacían diseminadas sin sentido por un páramo yermo, memoria de lo que había sido grande, de lo que había tenido vida, de lo que había inspirado terror y admiración a un mismo tiempo.
     Tampoco era emperador. Había salvado la vida de puro milagro, huyendo a escondidas de los rescoldos de la ciudad y refugiándose con unos pastores. Había tenido que aprender a convivir con ellos. Ahora sacaba cada mañana el ganado y pisaba los maltrechos guijarros que antes componían la calzada de entrada a la ciudad, tocaba los sillares de muros que antes fueron grandiosos. En su imaginación la ciudad volvía a ser esplendorosa, el palacio volvía a brillar con luz propia, el imperio volvía a erigirse poderoso. Pero era solo su imaginación. Todo había sido arrasado.
     Alguna vez pensó que el destino le haría justicia, que volvería a colocar las cosas en su sitio, que los enemigos serían castigados y las víctimas vengadas. Había llorado una infinidad de veces, poseído por la rabia.
     Aquello tiempos, no obstante, habían pasado.
     El emperador sacó un trozo de queso, partió una rebanada de pan y miró a sus ovejas. Alguna de ellas estaba cerca de descarriarse. Silbó y la llamó al orden. Luego volvió a quedarse ensimismado, contemplando a su alrededor los restos magros de la tragedia.