Cuando vio las fotos de su jefe en el periódico, gritó de terror. Ese hombre que aparecía en la fotografía, aquel que supuestamente era su jefe, que había acudido a la capital a recoger un premio otorgado a la empresa, no era el mismo hombre con el que había trabajado, codo con codo, durante los últimos quince años.
Volvió a mirar la fotografía, a leer el pie de página. No había duda. El nombre de su jefe, la indicación de que era él, y no otro, quien recogía el premio. Y, sin embargo, no tenía el menor parecido.
Rastreó las portadas del día, buscó vídeos en la red, incluso esperó hasta contemplar a su jefe en un reportaje de televisión. Hablaba de su empresa, del trabajo duro y de la satisfacción por el reconocimiento recibido. Y su rostro, su voz, sus gestos eran completamente diferentes a los que él tan bien conocía.
¿Qué podía hacer? ¿Acaso el mundo se había vuelto loco?
Trató de llamar a sus compañeros y comentar el hecho. Lo haría como mera curiosidad, dando por sentado que habría un error o una explicación lógica, sin pretender crear alarma.
Después de haber hablado con cinco colegas, de haberles hecho partícipes del caso, llegó a la conclusión de que el loco tenía que ser él mismo. No solo porque sus cinco colegas reconocieran perfectamente a su jefe en la portada del periódico y en todos los boletines de noticias, sino porque sus voces, sus cinco voces, las voces de aquellos que habían compartido oficina, despacho, proyectos y beneficios, le habían sido totalmente desconocidas.
Concluyó que esa sensación, la de no reconocer a las personas que afirman ser quienes han convivido contigo durante años, solo podía nacer en una mente trastornada.
El lunes, cuando todo volviera a la calma en la oficina, se iban a reír un buen rato.
domingo, 24 de abril de 2016