domingo, 24 de abril de 2016

El jefe

     Cuando vio las fotos de su jefe en el periódico, gritó de terror. Ese hombre que aparecía en la fotografía, aquel que supuestamente era su jefe, que había acudido a la capital a recoger un premio otorgado a la empresa, no era el mismo hombre con el que había trabajado, codo con codo, durante los últimos quince años.
     Volvió a mirar la fotografía, a leer el pie de página. No había duda. El nombre de su jefe, la indicación de que era él, y no otro, quien recogía el premio. Y, sin embargo, no tenía el menor parecido.
     Rastreó las portadas del día, buscó vídeos en la red, incluso esperó hasta contemplar a su jefe en un reportaje de televisión. Hablaba de su empresa, del trabajo duro y de la satisfacción por el reconocimiento recibido. Y su rostro, su voz, sus gestos eran completamente diferentes a los que él tan bien conocía.
     ¿Qué podía hacer? ¿Acaso el mundo se había vuelto loco?
     Trató de llamar a sus compañeros y comentar el hecho. Lo haría como mera curiosidad, dando por sentado que habría un error o una explicación lógica, sin pretender crear alarma.
     Después de haber hablado con cinco colegas, de haberles hecho partícipes del caso, llegó a la conclusión de que el loco tenía que ser él mismo. No solo porque sus cinco colegas reconocieran perfectamente a su jefe en la portada del periódico y en todos los boletines de noticias, sino porque sus voces, sus cinco voces, las voces de aquellos que habían compartido oficina, despacho, proyectos y beneficios, le habían sido totalmente desconocidas.
    Concluyó que esa sensación, la de no reconocer a las personas que afirman ser quienes han convivido contigo durante años, solo podía nacer en una mente trastornada.
     El lunes, cuando todo volviera a la calma en la oficina, se iban a reír un buen rato.