Pintaba Giorgione una madonna con niño en un paisaje bucólico. Un pequeño riachuelo, un verdor deslumbrante, una luz tibia que entraba desde la izquierda y reposaba con un rayo divino sobre el rostro del infante.
Matizaba con las últimas pinceladas cuando oyó una voz:
- Giorgio, caro, disegnami un uomo.
Giorgione, aturdido, se asomó a la ventana de su estudio y no vio a nadie. Pero había oído su nombre y una petición: "dibújame un hombre". Esperó unos segundos asomado a la ventana. Esperó que llamaran a su puerta, que alguien se presentara. Pero nada sucedió.
Ya lo achacaba a alucinaciones propias del cansancio y el duro trabajo cuando la voz volvió a sonar:
- Giorgio, caro, disegnami un uomo.
Giorgione, entonces, se acercó al lienzo y observó con detenimiento al rostro de su madonna. Para su sorpresa, era de allí de donde provenía la voz.
- Disegnami un uomo.
- Ma non è possibile, bella, sei una madonna!
Se inició en ese momento una discusión que cambiaría la historia del arte. La madonna insistió. Giorgione se resistió. Ella continuó y fue tan convincente que Giorgione, de mala gana, dio su brazo a torcer.
Decidió entonces pintarle un hombre a la madonna. Un hombre que aparecía de entre la espesura. Decidió también indicarle una procedencia, una ciudad cuyo perfil se recortaría al fondo. Una ciudad sometida a la tiranía de los elementos, a la fuerza de unos relámpagos demoledores. Decidió, en definitiva, que pintaría La tempestad.
- Meglio -dijo entonces la madonna, visiblemente satisfecha.
- Meglio -confirmó Giorgione, que deseaba que, del mismo modo que su madonna había cobrado vida, la tempestad despertara y arrasara la ciudad; que esperaba que el hombre, que había pintado altivo y arrogante, le hiciera la vida imposible a aquella madonna iinsolente; que jamás pensó que las consecuencias de aquel extraño suceso, que nunca reveló, se convertirían en objeto de análisis e interpretación durante siglos entre los entendidos en arte...
domingo, 1 de mayo de 2016