lunes, 9 de mayo de 2016

Cuídate de las consecuencias de tus actos

     El rey descargó la espada sobre la cerviz de su fiel consejero, aquel que lo había acompañado en los peores trances, aquel junto al cual había transitado el tortuoso camino al trono.
     - No consiento que se cometan errores -había dicho mientras preparaba la ejecución de la pena.
     El consejero había errado. Un error táctico que había costado una batalla. Una batalla que mermaba el prestigio de su rey y acrecentaba los ánimos de sus enemigos.
     - ¿Cómo iba a saber que se desataría una tormenta? ¿Cómo iba a saber que soplaría el viento en nuestra contra?
     El rey negó con la cabeza. No había perdón.
     - Si pudiera controlar los elementos... -fue la penúltima frase que salió de los labios del consejero.
     Porque mientras el rey alzaba su espada, mientras el consejero se arrodillaba y esperaba paciente su destino, pronunció sus últimas y fatales palabras:
     - Cuidaos de las consecuencias de vuestros actos.
     Un instante más tarde, su cabeza rodaba sobre la alfombra del salón del trono.
     La noticia corrió como la pólvora, se extendió por todo el reino y por los reinos adyacentes. Llegó a oídos de los enemigos del rey y estos, espoleados por la crisis interna de su odiado objetivo, animados por la desaparición de la mente más preclara del ejército contrario, atacaron en unión y con todas sus fuerzas.
     La cabeza del rey no tardó más de una semana en correr la misma suerte que había corrido la de su consejero, desprendiéndose de su cuello y rodando por los suelos como fruto de una derrota, de un error estratégico, de una decisión que había costado un reino y de unas palabras que, al fin y al cabo, habían resultado proféticas.