domingo, 15 de mayo de 2016

El apocalipsis va a llegar

     Despertó entre chorros de sudor y con el corazón a punto de estallar. Cuando se vio vivo, en su habitación, dio un grito de terror que, con seguridad, oyó todo el vecindario.
     Lo había visto con tal claridad, de forma tan diáfana, que no le quedaba ni atisbo de duda.
     Un sueño de un verismo perfecto, la perfecta cuadratura del círculo de causas y efectos que era el mundo y que, por agotamiento, se extinguía.
     Había presenciado, en sueños, el fin del mundo. Y no era agradable.
     Agitado por sus visiones y convencido de su veracidad acudió corriendo a la televisión local. Allí le atendieron con simpatía, con sorprendente interés. Le aseguraron que sus visiones apocalípticas eran "muy interesantes" y que podría tener unos minutos en el programa de la noche, en prime time, cuando todo el pueblo estaba delante de la tele.
     Entonces, le preguntaron:
     - Y, ¿para cuándo será el fin del mundo?
     Él quedó callado unos segundos, como si temiera desvelarlo. Los ojos de su interlocutor se agrandaron por la inquietud y la curiosidad. El visionario hizo un repaso veloz de su sueño, que se dibujaba en su mente, aun horas después, con claridad meridiana. Eso sí, según pudo comprobar, su sueño no daba precisiones cronológicas...
     Había visto ciudades arder, torres arder, lluvias de sangre y pandemias devastadoras pero, lamentablemente, no había visto un periódico, ni un reloj digital, ni un cartel colgado que pudiera indicar la fecha del desastre.
     ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Se iba a plantar por televisión para decir que el mundo se acabaría, pero que no sabía cuándo?
     Se vio a sí mismo quedando como un auténtico gilipollas, y esa visión fue tan clara y tan pavorosa como la de la noche anterior. Así que pensó rápido y dijo:
     - Un mes. Al mundo le queda un mes.
     La cara del chico que le atendía era un poema. "Un mes... Sólo un mes...", susurró, y salió corriendo, y hubiera gritado "¡paren las rotativas!" si no hubiera sido un simple empleado de una cadena de televisión.
     El visionario volvió a sudar, como si hubiera tenido otra visión. Le quedaba un mes para arreglar sus cosas y salir  por piernas si no quería ser el hazmerreír del pueblo. Con un poco de suerte, igual lo del apocalipsis era cierto y se libraba del ridículo que iba a hacer por tonto...