John Lafferty fue el primer hombre blanco que vieron las tribus establecidas en las riberas del río Congo. Aquel encuentro, curioso para Lafferty, trascendental para los congoleños, sucedió a principios del siglo XIX.
El explorador inglés convivió con uno de estos grupos durante el tiempo suficiente como para llegar a comprender su lengua, sus costumbres y su modo de vida. Conoció, incluso, al sabio de la tribu, que le recitó, de punta a cabo, la historia de su gente, aquella Historia con mayúsculas que, ante la carencia de un lenguaje escrito, los sabios habían ido aprendiendo de memoria, de generación en generación, transmitiéndola a sus aprendices y añadiendo, cada uno de ellos, los últimos hechos relevantes.
A Lafferty le entusiasmó la idea de aparecer como la última de las figuras mencionadas en el libro oral de la Historia de aquella tribu. Hasta tal punto que, cuando aquella tribu desapareció, con sus gentes y sus historias, devorada por la modernidad y por otros hombres blancos que llegaron después de Lafferty y con peores intenciones, el explorador puso por escrito aquello que recordaba de la larga historia que había oído de boca del sabio y la presentó ante la Sociedad Geográfica de Londres.
La Historia de los pueblos del Congo que escribió Lafferty, sin embargo, pasará a los anales no por su precisión ni como valor testimonial de la vida de las tribus antes de la llegada del hombre blanco, sino como muestra de la naturaleza humana. De una naturaleza humana, en concreto: la de Lafferty.
Pues el explorador amplió la historia a "todos los pueblos de la ribera del Congo", redujo el espectro temporal a unas decenas de años plagadas de sucesos banales y se dejó a sí mismo, eso sí, como el único suceso verdaderamente relevante vivido por aquellas tribus. Como el único y como el último. Pues su "Historia de los pueblos de la ribera del Congo" que se conserva en la Biblioteca del British Museum acaba precisamente ahí, en el momento en que Lafferty aparece.
Parecería, pues, que ni el origen ni la desaparición de aquella tribu supuso nada tan importante como la llegada de Lafferty y su presentación, por así decir, en sociedad.
Lafferty, por cierto, murió reclamando para él el completo territorio del Congo, convencido de que le tocaba en herencia. No en vano, era el único ser vivo mencionado en su Historia y, por consiguiente, digno sucesor natural. Nadie, en este punto, le hizo el menor caso...
martes, 21 de junio de 2016