El pánico comenzó a cundir cuando el nivel del mar subió hasta tal punto que hizo imposible la vida en las poblaciones costeras. Hasta entonces todos lo habían considerado una fantasía apocalíptica, una especie de cuento para no dormir, una pesadilla de la que todos, tarde o temprano, iban a despertar felizmente.
Aquellas primeras mareas, lentas pero arrolladoras, cambiaron por completo la percepción del problema. Avisaban, se veían venir, pero eran imparables.
Entonces todos se preguntaron, más o menos invadidos por la histeria, qué pasaría entonces. Pronto aquellas poblaciones fueron abandonadas; poco después, terminaron sumergidas por la gran mole de agua salada. Otras poblaciones, antaño de interior, adaptaron su forma de vida a su nueva posición costera. En el fondo, como se demostró, no hacían más que prolongar su agonía y su fatídico destino, pues ellas también terminaron hundidas.
Llegó un momento en el que el pánico, esta vez sí, se hizo generalizado. Todos parecían correr sin saber a dónde. Muchos se hicieron nómadas, siempre tierra adentro; otros tantos se desplazaron a inhóspitas zonas en altura, donde el clima era duro pero las posibilidades de sobrevivir eran mayores.
La vida se hizo dura, caprichosa, injusta.
Hasta que nació el primer niño con branquias. Provocaba repugnancia al principio, con ese rostro abesugado; poco después se convirtió en la luz de la esperanza, especialmente cuando comprobaron que podía vivir tanto fuera como dentro del agua, tanto dulce como salada.
Un niño-anfibio, al fin y al cabo. Una mutación.
No obstante, cuando esta mutación se generalizó, cuando toda una generación de humanos se distinguió de su predecesora por sus branquias, la polémica cambió de dirección. Porque siempre tiene que haber apocalípticos.
Ya no se lamentaban por la extinción de la especie humana a causa de la subida de los mares. Ahora la preocupación era que esa extinción fuera fruto de una sustitución, de una especie híbrida y adaptada al medio que apenas podía llamarse humana.
Aunque a la opinión pública eso ya le importó menos. A los jóvenes, de hecho, que comenzaban a pasar los meses de invierno bajo el mar y a construir allí nuevas ciudades, no les importó en absoluto.
domingo, 26 de junio de 2016