Lo mejor era que aquella ventana ofrecía una panorámica sin igual de la ciudad, del parque, de la avenida principal y de las vías que en ella desembocaban. Por eso se había hecho con aquel piso, por eso había instalado su escritorio frente a ella y por eso llevaba no sabía ya cuánto tiempo allí sentado, junto a su máquina de escribir, "escribiendo la vida de la ciudad".
Se trataba de una especie de crónica de la vida diaria, del pulso de la ciudad, con la intención de explicar el porqué de su idiosincrasia. Para ello tenía que ser testigo secreto y objetivo de todo lo que sucedía, desde aquel leve accidente de tráfico del miércoles al robo de una cartera que solo él pudo ver; desde el joven que todas las mañanas abría el quiosco hasta las ratas que cruzaban impunemente, de madrugada, la calle desierta.
Sabía que una ciudad era la suma de todas aquellas pequeñas cosas, y él era el único capaz de contarlas. Por su ubicación, por su dedicación y por su objetivo alejamiento de los hechos.
Porque él no era parte de la ciudad, sino que la observaba curioso y divertido, desde las alturas, como un dios desde su Olimpo. Solo por esa razón su crónica era real.
Todo se vino abajo, sin embargo, la mañana en la que llamaron a la puerta. A su puerta. Pero esa puerta no era parte de la ciudad, sino de aquel mundo superior.
Era el cartero. Traía una notificación de hacienda.
Todo, entonces, comenzó a darle vueltas. El Olimpo se tambaleó y, lamentablemente, se intuyó peligro de derrumbe...
sábado, 11 de junio de 2016