viernes, 8 de julio de 2016

XVIII

     Me despertó un anciano muy estirado, vestido con levita, a quien no reconocí.
     - Es la hora, señor -me dijo.
     Me incorporé aturdido. Era mi habitación, aquella en la que creía haberme acostado no mucho antes, pero parecía diferente. Busqué mi despertador y el teléfono móvil, como cada mañana. No estaban.
      El extraño descorrió unas pesadas cortinas de terciopelo que yo no había visto nunca. La luz del sol me cegó. Unos instantes después me di cuenta de que sobre mi cama pendía un dosel y, peor aún, que me había acostado con unas calzas que, en realidad, me daban un aspecto bastante ridículo.
       - ¿Quién eres? -le pregunté al tipo de la levita.
       - Su mayordomo, señor -contestó, con educación pero con evidente sorpresa.
      Unos criados me trajeron un aguamanil, un orinal y un ligero desayuno en una bandeja. El café me sacó de inmediato de mi estado de confusión.
       - ¿Qué fecha es hoy? -pregunté fingiendo mi desconcierto.
       - 8 de julio.
       - De...
       - 1776, por supuesto, señor.
      Valoré convenientemente la resignación del mayordomo, capaz de responder a las preguntas más absurdas, y traté de encontrar una razon al hecho de haber retrocedido, en una noche, 240 años. No di con ninguna que fuera medianamente lógica.
      Me trajeron mis ropas, mi jubón, mis calzas y mis zapatos de hebilla, junto con un reloj de bolsillo muy elegante y un monóculo.
       - Le esperan en el Salón, señor.
       Salí y me subí al coche de caballos que me esperaba en la puerta. Di por sentado que en el Salón tendría que actuar con naturalidad, como si los conociera a todos. No sería fácil, pero sí divertido. No me preocupó en absoluto qué dirían en la oficina mis compañeros, dónde había aparcado el coche la noche anterior o si tenía conexión a internet. La nueva situación podría llegar a gustarme. Me regocijé durante unos instantes, eso sí, con la posibilidad de que mis compañeros de trabajo recibieran hoy la visita de un aristócrata de 1776 que, repentinamente, había despertado en un dormitorio del siglo XXI.