martes, 19 de julio de 2016

Días de sol y nieve

     Era uno de esos días de calor sofocante, de sudores e inacción, uno de esos días en los que las ideas, derretidas en los cerebros reblandecidos, se arrastran hasta el suelo y yacen pegadas al asfalto hirviendo.
     Los termómetros, reventados por el inclemente sol, se veían incapaces de cumplir con precisión su trabajo. Las chicharras gritaban pidiendo auxilio, y sus gritos, pese a trasladarse durante kilómetros entre el asfixiante silencio, eran desoídos por un población que bastante tenía con inspirar cada dos segundos sin que sus pulmones ardieran.
     Unos pocos valientes se habían acercado a la playa, confiando en que el agua del mar les refrescara. Pero el agua estaba caliente y, tras el chapuzón, el sol volvía a golpear.
     Un niño, tirado en la arena, miraba el cielo, de un intenso azul celeste. Fue él quien dio la voz de alarma.
     - ¿Qué es esto? -preguntó, abriendo la palma de la mano. Una pequeña pieza blanca se tornaba transparente, se licuaba y se evaporaba. - Ha caído del cielo.
     Y cayeron más. Vaya si cayeron. En abundancia.
     Pese a la sorpresa general y la dificultad en admitirlo, todos tuvieron que reconocer, a regañadientes, que era cierto. Estaba nevando.
     El sol brillaba. El cielo era azul. Los termómetros seguían marcando temperaturas de escándalo. La gente seguía sudando. Y nevaba.
     Nevó tanto, y durante tanto tiempo, que quien pudo sacó sus esquís y bajó a la playa en bañador. Nadie se quejó. Sobre todo porque no sabían de qué quejarse: si de la maldita nieve que provocaba el caos, o el exasperante calor que invitaba a la siesta eterna.