jueves, 14 de julio de 2016

Dime algo que no sepa

     La verdad es que ya estaba bastante harto de hablar con humanos; de tratar con ellos, en general. Por eso, cuando un perro se dirigió a él y, con suma educación, le preguntó cómo podía llegar al parque sin tener que cruzar la peligrosa carretera, lo tomó como una señal, como un signo del regreso de los buenos tiempos. Una ventana se abría y dejaba entrar aire fresco en su aburrida vida.
     Pronto comprobó que aquel perro no era un ser maravilloso, ni un animal especial. El especial era él. Nunca supo muy bien si se debió al hecho de que comenzó a escuchar con atención, o si los animales hicieron correr la voz y se acercaron a él. El caso es que aquella tarde conversó con un gato que buscaba una arboleda, una gaviota que no encontraba el camino de vuelta al puerto, un pez que no sabía dónde estaba y una lagartija que corrió asustada ante su presencia. Incluso una cucaracha le dio las gracias por mantener sucias las cañerías.
     Durante unas semanas, no tuvo necesidad de dirigirse a ningún ser humano.
     Los pájaros se acercaban a su ventana. Los gatos le maullaban por las noches. Un ratón se le coló en la cocina y una víbora en el baño. Cuando las cucarachas se pasaron toda la noche contándole sus problemas e impidiéndole dormir, se dio cuenta de que tenía, más que un don, un problema.
     Llegó el momento en el que estaba tan harto de hablar con los animales como antes lo estuvo de hablar con los humanos, de modo que comenzó a barajar la posibilidad de retirarse a un lugar deshabitado. Tal vez el desierto, o la cumbre de una montaña. Algún sitio donde las moscas no requirieran su ayuda cada vez que se quedaban atrapadas en una habitación, dándose de morros contra los cristales, sin encontrar la salida que tenían a mano.
     Hasta que, una tarde, un pequeño cactus, desde su maceta, le ofreció una vida ideal en el desierto, siempre que, por supuesto, se lo llevara con él.
     Algo le decía que las plantas podían llegar a ser tan pesadas y tan desagradables como los humanos y los animales. Se tiró en el sofá a meditar. Una chinche que pasaba por allí le susurró al oído palabras de amor eterno. Los árboles desde el paseo gritaban jubilosos, agitados por el viento.
     Decidió que no tendría más remedio que resignarse. Eso sí, obligado a escuchar las necesidades de todos, respondería con el silencio más absoluto. Así lo dijo, en voz alta, a quien quisiera oírle. Fueron las últimas palabras que pronunció en su vida.