Luis tiró la camisa a la basura porque ya estaba vieja. Además, estaba pasada de moda. No se la iba a volver a poner. Lo extraño es que la camisa apareciera a la mañana siguiente colgada del perchero, en el armario, justo en el mismo lugar de donde había colgado los últimos años.
Pensó que se había vuelto loco, que habría soñado que tiraba la camisa pero que, en realidad, no lo había hecho. Así que se armó de paciencia y la volvió a echar al cubo, en esta ocasión acompañada de unos calzoncillos de tiempos de Maricastaña
Cuando se despertó, los calzoncillos y la camisa todavía estaban allí.
Luis comenzó a ponerse nervioso, y en un ataque de ira tiró la mitad de su armario, que bien poco lo usaba, a fin de cuentas. Al día siguiente, todo había vuelto.
Desesperado, Luis probó quemando las prendas, rasgándolas en tiras de tela muy fina, donándolas a la beneficiencia, hundiéndolas en lejía, hasta que tuvo que admitir, muy a su pesar, que su ropa no quería desprenderse de él.
Luis no se compró mucha ropa a lo largo de su vida. A pesar de ello, su armario terminó siendo tan grande como el resto de su casa. Eso sí, fue célebre entre sus conocidos por su forma de vestir, pasada de moda, y porque, tirando de fotografías, pudo comprobarse que vistió prendas iguales durante décadas, lo que mostraba, siendo benévolos, fidelidad a un estilo y una extraña capacidad para conservar hasta las prendas más frágiles. Y hasta los calzoncillos.
miércoles, 31 de agosto de 2016