Encendió la televisión a la hora de los informativos. Lo hizo mecánicamente, un poco por costumbre, un poco por aburrimiento, otro poco para hacer algo mientras comía.
No esperaba gran cosa, salvo, tal vez, una sucesión de eventos narrados con voz monótona que le acompañara y no le perturbara demasiado mientras se comía su filete con patatas. Pero los titulares le llamaron la atención. Eran interesantes, sin duda. Comprobó con cierto disgusto que le habían sabido a poco y que ahora tendría que esperar unos minutos para su desarrollo definitivo.
Subió el volumen y se acercó un poco a la pantalla. Los titulares no decepcionaban, y las noticias que de ellos se desprendían no tenían desperdicio.
Mejor era no perderse ni un ápice, así que se acercó todavía un poco más.
Unos minutos después, estaba tan cerca de la pantalla y tan concentrado en la emisión que recordó las palabras de su madre, que siempre le decía que no se acercara tanto a la televisión, que los ojos se dañaban.
Pero él siguió acercándose, cada vez más sumergido en la vorágine de la información diaria, cada vez más absorto en lo que oía y en sus implicaciones.
Cuando se dio cuenta, se había metido dentro del aparato. Y no podía salir. No le importaba mucho, las noticias seguían siendo interesantes, también desde dentro. Luego venía la telenovela... tendría que apañárselas para introducirse en la historia, qué remedio.
Lo único que lamentó fue que el filete con patatas se le iba a enfriar. Todavía podía olerlo, a lo lejos, un olor que se perdía en la distancia de las cosas inalcanzables...
jueves, 11 de agosto de 2016