- Me siento tan bien que podría morirme ahora mismo y no pasaría nada -dijo.
Todos supusieron que era una forma de hablar, una modo algo exagerado de decir que se encontraba bien, que se sentía en paz, que podría enfrentar un hipotético paso a la otra vida con la tranquilidad de espíritu necesaria en estos casos.
Por eso todos se sorprendieron cuando aquel rayo bajó del cielo y lo fulminó con la mayor crudeza e inclemencia.
Todos lo miraron, comprobaron que había muerto y se dividieron entre la lástima por el amigo perdido y la admiración por la precisión con la que este había predicho su muerte.
Eso sí, todos siguieron su camino, hablando sobre los caprichos del destino y el poder de los dioses. No pasó nada. En parte, porque nadie sabía muy bien si había sucedido, simplemente, lo que tenía que suceder; en parte, porque sólo así, sin pasar nada, se cumpliría por completo el vaticinio.
Así todos continuaron con lo que estaban haciendo, cuidándose mucho, eso sí, de cantar a los cuatro vientos su bienestar y lo poco que les importaría abandonar la vida.
Entretanto, una mosca se posaba sobre el cadáver reciente del fulminado por el rayo.
miércoles, 21 de septiembre de 2016