El general avanzó sobre su caballo y se situó al frente de su ejército. Medio kilómetro más allá, al otro lado de la explanada que, en unas horas, quedaría convertida en un mar de sangre, se encontraba, en perfecta formación, el enemigo, preparado para el combate.
Disposición simétrica, igual gesto de furia. Todos dispuestos a morir. Se dirían dos lados de un espejo dispuestos a enfrentarse por la supremacía de su propio mundo frente al opuesto.
Habían esperado ese momento durante semanas, acampados, deseando que la proximidad fuera tal que no hubiese ya posibilidad de evasión, que no existieran excusas. O morir o matar.
El general era consciente de que aquella sería la batalla decisiva. Para él y para cada uno de sus hombres. Y también para los millares que se disponían frente a él. Los vencedores harían historia a su modo y semejanza; los derrotados desaparecerían de ella o, en el mejor de los casos, quedarían relegados a un triste papel de comparsa.
Una brisa de viento agitó la hierba que crecía a sus pies. El silencio y la expectación eran tales, que podría oírse un estornudo al otro lado de la marea humana.
Consciente de que todo estaba preparado y de que cualquier paso atrás era inconcebible, el general alzó su brazo, apuntó hacia el enemigo y gritó con fuerza. Su grito fue respondido por una multitud de voces que, furiosas, acompañaron una desesperada carrera hacia delante, hacia el enemigo.
Matar o morir. Perdurar en la gloria eterna o desaparecer de la memoria de los hombres. El último pensamiento del general, antes de alcanzar al enemigo, fue para su cronista particular, aquel joven letrado que se había ofrecido a plasmar por escrito sus hazañas. El general deseó con todas sus fuerzas, por encima de todo, que su cronista permaneciera con vida y con fuerzas suficientes para no olvidarle y, de paso, para evitar que lo hicieran las veleidosas e incontrolables corrientes de la historia.
domingo, 11 de septiembre de 2016