No se puede decir que Juan González no supiera lo que estaba haciendo. El desconocimiento, o la ignorancia, si se lo quiere llamar así, no eran excusa. Tampoco atenuante.
Juan González, un señor cualquiera en un pueblo cualquiera, sabía perfectamente que la información que había, casualmente, llegado a sus manos, era una auténtica bomba. Supo, pues, que esa información lo había convertido en poderoso. Y sintió, en consecuencia, la presión que todo poder lleva consigo.
Podía hacer pública la información, o no hacerla. A favor de lo primero, la sensación de que el mundo merecía saber toda la verdad; a favor de lo segundo, las funestas consecuencias que ello traería a nivel planetario, la agradable sensación de ocultar un secreto que nadie más conoce y, por supuesto, el sentimiento de culpabilidad derivado de meter las narices, aunque sin pretenderlo, en asuntos ajenos, y la indiscreción que supone darlos a conocer.
Mientras dudaba, lo preparó todo. Pensó, escribió y lo dejó todo apunto. Sólo necesitaba pulsar una tecla.
Entonces Juan González vio la luz. Se vio a sí mismo como una persona horrible, irresponsable y falta de empatía. ¿Qué ganaba él con el asunto? Nada. ¿Qué perdía? Dignidad y credibilidad. A Juan no le gustaban las personas que escarbaban en las vidas de los otros. Tampoco le gustaban las personas que se aprovechaban de eso. ¿Por qué ser uno de ellos?
En ese momento cometió Juan el mayor de sus errores. Palmeó la mesa, seguro de sí mismo, dando por definitiva su decisión de mantenerse discreto y distante ante un tema que no le concernía. Digno.
Lástima que la mesa se agitó, y con ella el aparato destinado a enviar el mensaje, y con él la tecla, que se pulsó sola. Sola, con la ayuda de Juan.
Cuando se dio cuenta, y a pesar de sus intentos desesperados por evitar la catástrofe, el mundo ya conocía el secreto y las hostilidades se habían desatado.
A Juan, culpable sin defensa, no le quedaba otra que capear el temporal.
domingo, 2 de octubre de 2016