sábado, 8 de octubre de 2016

Pequeñas pero esclarecedoras manías

     Siempre me pregunté por qué Luis dormía con un peluche. Me lo preguntaba de pequeño, cuando me quedaba en su casa a pasar la noche bajo la atenta mirada de sus padres; de adolescente, cuando dormíamos las horas posibles después de salir de fiesta y alargar la noche; y, ya de adulto, cuando compartíamos, con nuestras parejas, viajes de fin de semana.
     Se trataba, en concreto, de un osito de pelo verdoso y ojos de botón negro. Siempre supuse que era su juguete preferido desde la más tierna infancia, que tenía un significado especial para él. Tanto, que lo llevaba a donde quiera que fuera.
     Una noche, su mujer nos contó que el oso de peluche fue testigo de su noche de bodas. Que no había faltado ni una noche. Que una vez se lo olvidó, y Luis se comportó como un lunático, más que solo, aterrado ante la posibilidad de que el peluche no estuviera a su lado. Luis asistía a estas confesiones, asentía y callaba.
     Lo comprendí todo una noche que, insomne en un hotel de la capital, le oí hablar en mitad de la noche. Habíamos acudido a un congreso, dejando a nuestras mujeres en casa, y habíamos reservado dos habitaciones contiguas.
     Luis suplicaba. Suplicaba comprensión, y pedía continuamente perdón. A Tobby. Pude oír perfectamente el nombre, tan recurrente a lo largo de una vida junto a mi amigo, de su osito de peluche. Luis había hecho algo mal, y Tobby parecía enfadado. Tal vez Tobby quería asistir al congreso, y el hecho de que nos hubiéramos retrasado en la cena lo había irritado.
     Lo peor, aquello que cambió mi vida para siempre, es que lo oí. Oía una voz ronca, profunda, difícilmente comprensible al otro lado de la pared, pero que contestaba a Luis con un tono de reproche indudable.
     Mi sorpresa llegó al máximo cuando los dos gritaron a la vez, uno suplicando, otro reprochando, dos gritos simultáneos que rompieron el silencio de la noche.
     Comprendí, entonces, que no es que Luis llevara toda su vida durmiendo con un peluche, sino que era Tobby quien había pasado su vida durmiendo con un humano.
     Sentí en ese momento una compasión infinita por Luis, por su mujer, por sus hijos y por todo aquel que terminara heredando aquel maldito oso tirano. Reduje, no sé si de forma inconsciente, mis encuentros con Luis. Nuestra amistad se fue diluyendo. No quería que aquel oso se fijara en mí, después de tantos años viéndome junto a su compañero de sueños. No quería, bajo ningún concepto, que, ya fuera por herencia o por regalo, por voluntad o por exigencia, aquel monstruo peludo acabara bajo mi responsabilidad.