miércoles, 12 de octubre de 2016

Quién dijo que sería fácil

- No queda nadie. Somos los únicos -dijo alarmado.
     Los nueve, entonces, se miraron. Apesadumbrados. Asustados ante la confirmación de lo que ya sabían. El planeta había quedado desierto. Ellos eran los únicos, los últimos supervivientes.
     Poco importaban ya las causas. Quizá el futuro fuera generoso con ellos y se las hiciera saber. Quizá no. Qué más daba. Lo importante, ahora, era saber qué vida les esperaba.
- Somos nueve -dijo, aparentando seguridad en sí mismo. - Tal vez deberíamos organizarnos. Dividirnos el trabajo. Así seríamos más productivos y estaríamos más seguros. Alguien tiene que encargarse de los alimentos, alguien de construir un techo bajo el que dormir...
     Alguien, entonces, levantó la mano para pedir la palabra.
- Un momento... para un momento... ¿Qué está pasando aquí? -preguntó.
- Estamos organizándonos...
- Organizando, ¿qué?
- Tenemos que sobrevivir, que crear una nueva sociedad.
- ¿Por qué?  -preguntó el otro, con sorna. - ¿Y si yo no quiero vivir una nueva sociedad?
- ¡Sí! -gritó un tercero.- ¡Abajo la sociedad!
- ¿Abajo la sociedad? Pero, ¿qué estáis diciendo? Somos nueve, una sociedad, aunque no lo queramos.
- Creo que te equivocas -le interrumpió el segundo. - Seremos lo que queramos ser, ¿sabes? Somos los únicos seres humanos sobre el planeta.
- Sí, por eso...
     El otro elevó el tono de voz.
- Por eso no quiero que nadie me diga lo que tengo que hacer. ¿Y si no quiero sociedad? ¿Y si no quiero dividir el trabajo? ¿Y si no quiero trabajo? ¿Y si no quiero producir, ni estar seguro? ¿Y si no quiero un techo bajo el que dormir, o no quiero compartirlo contigo?
     El primero, preocupado, veía cómo entre las nueve cabezas se multiplicaban los gestos de asentimiento.
- ¿Y si, en definitiva, no quiero hacer lo que tú digas? ¿Quién te ha nombrado el jefe?
     El primero suspiró. Aquello iba a ser complicado. Y sólo eran nueve. Su dilema, en definitiva, era el mismo que el de todos los demás: o imponerse, o convencer, o vivir sometido a los designios de otro.
     Porque llegar a acuerdos, visto lo visto, parecía misión imposible...