martes, 1 de noviembre de 2016

¡Ah del castillo!

     El viajero se plantó frente al castillo que, ya desde kilómetros atrás, le había atraído con su perfil imponente recortado sobre las colinas circundantes. El pueblo se extendía a sus pies, sometido a su encanto medievalizante.
     Su decepción fue mayúscula al comprobar que estaba cerrado; su sorpresa, no obstante, alcanzó un calibre similar cuando la puerta levadiza comenzó a caer y, acto seguido, las pesadas rejas se levantaron. Alguien le estaba franqueando el paso. Alguien a quien no podía ver.
     Unos pasos le llevaron sobre el foso, hacia el interior. Alzó la vista un segundo y tuvo la impresión de que, a través de una ventana saetera situada en la torre del homenaje, alguien le observaba. Una sombra, una figura, una silueta que se perdió entre los muros.
     El viajero, entonces, se adentró hasta el patio de armas. Nadie le recibió. Nadie acudió a saludarle. Solo el discurrir del viento entre las almenas rompía un silencio pétreo, conmovedor.
     De repente, un estruendo de cuernos y trompetas le sobresaltó. Nadie asomaba, sin embargo, y el sonido parecía  brotar de todas partes, de la misma piedra.
     Acto seguido, de un vano lateral coronado por un arco rebajado comenzaron a entrar decenas, centenares de jinetes y soldados de infantería que formaron frente al viajero. Uno de los jinetes, pertrechado con un armadura, se le acercó. Se bajó del caballo y se detuvo tan cerca que casi podían tocarse. El viajero llegó a notar un aliento frío procedente del interior del  yelmo. Trató de mirar en su interior... y no vio nada... allí, dentro de la armadura... no había nada...
     Luego gritó. La armadura gritó. Un grito de guerra ensordecedor. Un rugido que procedía de los reinos de ultratumba.
     El viajero no se lo pensó dos veces. Se giró y corrió, corrió tanto como pudo sin mirar atrás, con el grito retumbando aún en sus oídos, rezando para no notar en su espalda una flecha, una lanza, el filo de una espada. Creyó oír los cascos de los caballos acercándosele. Salió del castillo sin detener su carrera.
     Volvió al pueblo una semana después. Se sorprendió al comprobar que la colina estaba desierta. Allá donde se levantaba un castillo, ahora no quedaba nada. Preguntó a los lugareños, que le dijeron que allí no había habido nunca un castillo. Nunca, al menos, en los últimos ocho siglos, desde que las huestes del señor de lugar fueran arrasadas y su fortaleza quemada y desmantelada para borrar de él cualquier resto de memoria.
     El viajero partió. Mientras se alejaba, echó una última mirada atrás. Le pareció ver algo, de nuevo, sobre la colina, pero una niebla que descendía densa le dificultaba la visión.
     Anochecía.
     El viajero no se molestó en regresar a comprobar la veracidad de sus intuiciones. Ni entonces, ni nunca más.