Llegó cansado. Había sido un día agotador. Tomó un puñado de libros, el mando de la tele, una buena ración de comida, el ordenador portátil, un bolígrafo, un cuaderno y su teléfono móvil. Los acercó al sofá y se tumbó en él con la idea de no levantarse en un largo rato.
Durmió la siesta. Cuando despertó, ya había anochecido. Se dio cuenta de que no le apetecía levantarse. Cenó y se entretuvo un rato entre la lectura y el estudio. Llamó a sus padres. Se quedó dormido allí mismo, sin alzarse.
Tampoco se alzó a la mañana siguiente. Ni a la siguiente...
Años después sería conocido como el tipo que decidió vivir sin levantarse del sofá. Objeto de burla para unos, de admiración para otros. Desde el sofá se alimentó, trabajó lo necesario y fue productivo para su sociedad, escribió tratados sobre su filosofía de vida, organizó fiestas, mantuvo amistades que le durarían de por vida y, lo que es más importante, se sintió feliz y realizado.
Vivir sin levantarse del sofá, demostrar que el desplazamiento estaba sobrevalorado, se convirtió en toda una filosofía. Desde el sofá hizo ejercicio, se mantuvo en forma, agilizó tanto el cuerpo como la mente. Desde el sofá conoció a quien sería su esposa, se casó y tuvo hijos. Tanto una como otros siguieron su estilo de vida con pasión y convicción.
Murió en su sofá, por supuesto, varias décadas después.
En sus últimos días, muchos se acercaban a preguntarle qué era lo que más había echado de menos. "Nada", dijo en un principio. "Bueno...", añadió finalmente, "...viajar... y las puestas de sol".
Sus hijos aprendieron la lección. Inventaron el sofá móvil. Viajaron y vieron tantas puestas de sol como su padre, aquel visionario de la primera generación, pudo añorar a lo largo de su vida.
domingo, 13 de noviembre de 2016