Vio cómo apuñalaban a la chica. Había oído gritos mientras paseaba al perro, se había acercado, con sigilo, con cautela, con la intención de no ser descubierto, con la voluntad de ayudar en caso necesario.
Los gritos procedían de un callejón oscuro, sin salida. Se asomó tímidamente y entonces vio a aquel tipo, su silueta, al menos, aunque estaba oscuro y, lamentablemente, sus facciones siguieron siéndole indiscernibles.
Vio cómo el puñal se clavaba, cómo la víctima gemía y cómo el asesino venía hacía él corriendo, con la intención de salir del callejón.
Se agachó junto a su perro detrás de unos cubos de basura. Un escondite bastante pobre, desde luego; el asesino, no obstante, atento a otras cuestiones, pasó de largo.
Él entonces, se acercó a la víctima. Todavía tenía la daga clavada en el pecho. Jadeaba dificultosamente. La miró. Ella también lo miró a él, una mirada suplicante y desesperada. Era muy bella.
Movido por ímpetu y el deseo de ayudar agarró la daga y tiró de ella. Salió, junto con chorros de sangre que comenzaron a manar inclementes. La chica volvió a mirarle. Jadeó por última vez. Expiró.
Había sido muy bella.
En aquel momento los acontecimientos se precipitaron. Oyó un ruido, una ventana que se abría en las alturas de algún edificio colindante. Un grito en el silencio de la noche. El verbo llamar. La palabra policía.
Comprendió de inmediato. Se miró las manos, manchadas de sangre. Miró la daga, que yacía en el suelo, con sus huellas. Estaba metido en un buen lío.
Intentó salir corriendo de la escena de un crimen que no era el suyo. Su perro ladró y lo siguió. Acercándose raudas oyó las primeras sirenas
Deseó que la chica hubiera sobrevivido, no haber sacado el puñal de su pecho, no haber sacado a pasear al perro. Lamentó, al mismo tiempo, no haberle puesto una zancadilla y no haberle arreado un par de mandobles al esquivo, y ahora huido, verdadero asesino.
miércoles, 30 de noviembre de 2016