- Acabas de recibir una herencia.
- ¿Una herencia? ¿Qué herencia?
- Tu tía abuela ha muerto.
- Ni siquiera la recuerdo.
- Pues ella a ti sí... y te deja la casa, ni más ni menos.
- ¿La casa?
- La mansión, para ser más exactos.´
Entonces, y ante la sonrisa ambigua del albacea, comenzó a recordar. El olor agrio, el frío intenso cubriendo las habitaciones de techos altos y los pasillos interminables, las cenas familiares en las noches de verano.
Recuerdos vagos de un niño que apenas tenía cuatro años.
Y las pesadillas, los ruidos extraños, los susurros por el pasillo de madrugada, esa presencia en el dormitorio, la sensación de un tacto inexistente, de una caricia fantasmal en la nuca... ante la incredulidad del resto, ante la negación de lo evidente, de las sillas que se movían, de los cuadros que se caían, de los tropiezos aparentemente casuales.
Decían que era una casa muy vieja, que crujía. Él sabía que había algo más. Lo supo siempre. Por eso no volvió.
- ¿Puedo renunciar a la herencia?
- Imposible. La mansión es tuya.
Tragó saliva, y un escalofrío le recorrió la espalda sólo ante la idea de ser propietario de aquella mansión maldita.
martes, 6 de diciembre de 2016