jueves, 29 de diciembre de 2016

El baile

     Cuentan que en 1599, cuando la ciudad de Komárom se liberó de la ocupación otomana que la había sometido durante seis años, sus habitantes decidieron celebrarlo con un baile, el mejor baile que se hubiera jamás celebrado en cualquier ciudad de Centroeuropa.
     Trajeron músicos renombrados que tocaron canciones populares, aunque las celebraciones se prolongaron tanto en el tiempo que, según los cronistas, cualquiera podía subir al escenario y deleitar al ávido público. Todos bailaron durante horas, durante días, incluso, desde las familias más acomodadas, que regresaban de su exilio en Viena, hasta los campesinos que tanto habían sufrido los abusos de los turcos.
     Durante aquellos bailes se dejaron de lado las diferencias, se festejó la victoria y se disfrutó de la unidad que suponía la consecución de un objetivo común.
     Bailaron hasta desfallecer, literalmente, pues las crónicas relatan que los alegres bailarines comenzaron a caer exhaustos y desvanecidos ya desde el tercer día consecutivo de baile sin descanso. Quien tenía la suerte de recuperar la conciencia volvía a unirse a la fiesta. Muchos, en cambio, dejaron su vida en aquel trance.
     Llegó un momento en el que las danzas cobraron tintes esperpénticos, en el que los supervivientes bailaban como si de ello dependiera su vida, agotados, medio desfallecidos por el hambre y el frío, descoordinados, tambaleándose de un lado a otro como una horda de poseídos.
     Cuando Rodolfo II de Habsbugo, Archiduque de Austria, rey de Hungría y de Bohemia y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico mandó detener unos fastos que se habían descontrolado, la población de Komárom, ya de por sí mermada por la ocupación, había quedado reducida a la mitad.
     Quienes sobrevivieron pudieron contar a sus nietos que bailaron sin cesar durante quince días. Al mismo tiempo, solían añadir que necesitaron otros quince para reponerse del agotamiento extremo al que el baile les había llevado. Sólo entonces, a medida que iban recuperando parte de sus fuerzas, pudieron enterrar a sus muertos, que habían pasado todo ese tiempo yaciendo, felices, sobre la pista de baile.