Tadeo salió de su casa, en dirección al trabajo, a las 7:45. Giró a la derecha, y otra vez a la derecha, como cada mañana, caminando en dirección a su oficina. Caminó unos pasos y comprobó, sorprendido, que volvía a encontrarse en la puerta de su casa. Pensó que había simplemente dado la vuelta a la manzana y regresado al sitio del que partió, hasta que ojeó su reloj. Las 19 horas.
Entró sumido en la mayor confusión. No recordaba nada de los sucedido aquel día. Se tumbó en el sofá, se preparó una cena ligera, se fue a dormir.
A la mañana siguiente volvió a salir a las 7:45. Volvió a caminar un poco y volvió a encontrarse ante la puerta. Miró la hora. Las 19:05.
Comenzaba a asustarse. Afortunadamente, era viernes y no tenía que volver a la oficina hasta el lunes.
Estaba cansado, así que cenó y se fue a la cama directamente.
A la mañana siguiente, cuando despertó, era lunes.
Lo oyó en la radio, lo comprobó en la televisión. Ni recordaba haber hecho nada el fin de semana.
Cuando salió de casa, en dirección al trabajo, pensó que, al menos, disfrutaría el trayecto, ya que eso, y la cena, y la cama, eran lo único que le iba a quedar. Se dirigió a la oficina.
Segundos más tarde, estaba de nuevo en la puerta de su casa, y eran las 19 horas. Aquella cena, y las que le quedaran, iban a ser tan valiosas como la vida misma...
miércoles, 21 de diciembre de 2016