El General acudió desarmado y sin escolta a los cuarteles de su gran enemigo. Eran ya tantos los años de luchas y enfrentamiento que apenas era capaz de contarlos. A veces, en las frías noches de invierno, mientras tomaba vino en la tienda, el General se preguntaba cómo había comenzado aquella confrontación, por qué razón habían comenzado las hostilidades. Y le era difícil recordarlo. Otras veces, cuando se cubría con la áspera manta militar y trataba de dormir las escasas horas que le permitirían mantenerse despierto un día más, en el frente, pensaba en cómo sería su vida sin esta lucha que se había convertido en su propia razón de ser. Tampoco para esa cuestión encontraba respuesta.
Ahora se mostraba firme y decidido, aunque indefenso, ante aquél con quien había intentado acabar de todas las formas posibles, de quien había tenido que defenderse con todas las armas a su alcance.
- ¿Qué quieres? -le dijo. - ¿Por qué has venido? ¿Acaso piensas en rendirte, por fin?
Al general se le revolvió el estómago tan sólo con ver la sonrisa en el rostro de su enemigo. Tuvo que hacer un esfuerzo para resistir la tentación de dar dos pasos y estrangularlo allí mismo.
- ¿Rendirme? Eso jamás. Acabaré contigo, tarde o temprano.
- ¿Para eso has venido? ¿Para proferir amenazas vacuas? Sabes que podría acabar contigo aquí mismo. Ahora.
Y levantó la mano, iniciando un gesto hacia sus subalternos.
- Espera. Vengo a pedir una tregua.
- ¿Una tregua?
- No. - Lo pensó mejor. - Una coalición.
- Habla -dijo entonces el enemigo, con visible interés.
El General se aclaró la garganta. De la efectividad de sus palabras en aquella ocasión dependía su vida.
- Sabes que el Emperador nos amenaza con un ejército cuyo poder nunca antes ha sido igualado. Nos ve débiles, agotados por un enfrentamiento que dura ya generaciones, por una guerra inacabable. Sólo uniéndonos podríamos acabar con él. Eso, precisamente, es lo que te propongo.
El enemigo abrió los ojos y le miró sorprendido. Tal vez él ya había estado pensando en aquella posibilidad. Tal vez le pareció imposible. Tal vez llevaba tiempo deseándola.
- Te entiendo, General. Creo que te entiendo. Yo también miro con recelo las argucias del Emperador.
- ¿Hay acuerdo, entonces?
- Hay acuerdo. Aunque tendremos que establecer las condiciones de nuestra coalición.
- Por supuesto -concluyó el General.
Lo más difícil ya estaba hecho. Enfrentarse al Emperador, a sus ansias conquistadoras, era, de hecho, sólo una cuestión de tiempo.
Ya se daba la vuelta el General cuando el enemigo llamó su atención.
- General, una última cosa...
El General se volvió y miró el rostro de su eterno enemigo.
- ¿Qué pasará cuando acabemos con el Emperador, si es que lo conseguimos?
- ¿Qué pasará? ¿Acaso tienes dudas?
- Yo, ninguna. Sólo quería comprobar que tú tampoco las tenías.
El General, ahora sí, se dirigió a la salida. Ya se encargarían distintos emisarios de preparar la coalición. Y, en efecto, no albergaba ninguna duda: la coalición era temporal. Luego, en cuanto acabara la amenaza del Emperador, el General y su enemigo volverían a intentar matarse. No es que no hubiera el General pensado alguna vez en firmar la paz, una paz que hubiera sido histórica. Era que sabía que el enemigo no la contemplaba. Jamás cedería. Jamás.
El enemigo, por su parte, vio salir al General. Lástima que, tras vencer al Emperador, tuvieran que volver a la lucha. El enemigo pensó que no le importaría firmar con el General la paz. Pero éste, como acababa de quedar demostrado, jamás estaría por la labor. Jamás.
sábado, 7 de enero de 2017