El rey entonces llamó a su cronista.
- ¿Majestad?
- Como sabes -dijo-, acabo de regresar vencedor de mil batallas. Tu misión será, a partir de hoy, narrarlas para que queden en los anales de la historia y sean recordadas por la posteridad.
- Por supuesto, Majestad.
- No olvides decir que vencí a todos mis enemigos, que el número de los muertos por mi espada asciende a varios millones, que derribé torreones, bajo mi mando sucumbieron fortalezas, eliminé dragones, fui clemente con las damas y obtuve la admiración clamorosa de todos mis súbditos, los anteriores y los que he ganado con mis nuevas acciones.
- Así se hará, Majestad.
El cronista se retiró, cabizbajo. Ahora tendría, como era costumbre, que redactar dos crónicas al mismo tiempo. Una, la que el rey le dictaba; otra, la que recogía de sus entrevistas con soldados y testigos diversos, de entre las que el cronista colegía que no había habido dragones, que el rey apenas había salido de su tienda durante la batalla, que era un rey cruel, odiado y temido por todos sus súbditos y que sus enemigos, lejos de haber sido vencidos, se habían apostado en un lugar seguro a la espera de ejecutar su venganza.
El rey, por supuesto, sólo conocería una de las crónicas, la que realmente le interesaba. Porque al rey no le interesaba la verdad. La verdad le interesaba a la Historia. Y a ella, a la Historia, iría, como donación, la segunda de las crónicas.
domingo, 9 de julio de 2017